Este miércoles llega a Netflix Maestro, el segundo largometraje del intérprete y cineasta con el que aspira a ganar su primer Oscar por su personificación del célebre compositor y pianista Leonard Bernstein.
Su persistencia lo condujo nada menos que a cumplir ese sueño cuando fue elegido para protagonizar la puesta teatral de Bernard Pomerance. Cuando su padre y su incondicional madre lo vieron arriba de un escenario, la opinión de ambos cambió, y Cooper continuó trabajando para convertirse en un actor consumado. Sin embargo, tiempo antes, debió sortear un período escolar en el que no era precisamente la figura más popular entre los alumnos. Según Bradley, “no era considerado cool” porque le dedicaba todas sus horas al estudio, con un approach obsesivo que se percibiría décadas más tarde en su carrera como actor y director.
Después de graduarse en la universidad de Georgetown, el inquieto Cooper fue por más. Su próximo paso era ingresar al Actors Studio, como eventualmente terminó sucediendo. Su paso por Nueva York fue un momento bisagra. “Gracias a mi coach actoral, Elizabeth Kemp, empecé a relajarme, algo que no me estaba sucediendo antes”, declaró. Mientras audicionaba para roles menores, trabajaba como portero. Su vida estaba escindida, pero no él no lo padecía. Todo implicaba un sacrificio para alcanzar el Santo Grial, y todo cambiaba de cariz cuando veía, en primera fila, como James Lipton entrevistaba a Robert De Niro, uno de sus máximos ídolos, con quien tendría el privilegio de actuar codo a codo en 2012 en El lado luminoso de la vida.
En 2001, en tanto, Bradley debutaba en cine en la comedia Wet Hot American Summer, y luego le llegaba la estabilidad con la serie Alias, en la que interpretó a Will Tippin con un carisma que hizo que varios directores empezaran a convocarlo. Su conquista de Hollywood estaba en marcha, pero puertas adentro, cuando la cámara se apagaba y no tenía que mostrar su amplia sonrisa, Cooper batallaba un infierno personal, una adicción que había empezado en su juventud, cuando el consumo de alcohol de manera recreativa devino en una enfermedad que lo llevó a lugares oscuros, y a la que le sigue dando pelea.
Su situación personal se agravó cuando su padre Charles, ese hombre que había logrado ver a su hijo cumpliendo su anhelo de ser actor, falleció de un cáncer de pulmón y Cooper se vio sumido en la depresión y en sus adicciones. Así lo contó en el programa Running Wild Bear Grylls: The Challenge, en el que además se sinceró sobre sus pensamientos más lúgubres.
“Desarrollé una actitud nihilista hacia la vida después de eso, como si pensara ‘¿Qué importa? De todos modos me voy a morir’. No estuve nada bien por un largo tiempo hasta que pensé que tenía que aceptar quién era en realidad, y tratar de encontrar la paz, y de a poco eso fue apareciendo, pero fue un trabajo enorme el hasta llegar ahí”. Durante ese período tan duro, Cooper ya estaba trabajando en varios conceptos para largometrajes que desarrollaría tiempo después.
Seguir leyendo en LA NACIÓN